Ahora que se termina la campaña de la “clase política” es buen momento para fortalecer una verdadera democracia

Por Pablo Fernández Acheriteguy

Se termina un campaña electoral más; una triste campaña. Pocas propuestas claras, mucho escandalete sin sentido; poquita honestidad pero intenso desborde de hipocresía y demagogia. Gente que se queja de candidatos de su propio partido que aterrizaron a la vida política, otros que se abrazan como hermanos por mantener un débil reflejo de unidad; otros que se tiran continuas pataditas debajo de la mesa, y muchos que se asustan por nuevos partidos y opciones electorales. Otros, no pocos, se quejan por la gran variedad de partidos y postulantes. La clase política se sacude en estertores tratando de contrarrestar lo que la propia población reclama desde hace tiempo. La gente, los votantes, desde hace años viene dando señales de hartazgo de los eternizados actores políticos que no adaptan su accionar y esperan que la población sea maleable y aplauda sus nuevas ocurrencias de viejas recetas. Izquierda y derecha; todos los partidos a los manotazos tratando de mostrarse renovados; dirigentes repitiendo consignas de cuando los muros estaban de pié, de cuando la hoz y el martillo se blandían por doquier. Otros agitando divisas como si para ir a votar todavía estuviésemos con carabina en la espalda y un sable en la mano.

Candidatos fabricados y promocionados como nuevas marcas de pasta de dientes, otros que surgieron de la nada, inclusive aquellos que volvieron desde la historia tras dilatadas trayectorias. Todos, mucho o poco, débil o con fuerza, todos cosechan adhesiones entre la población y eso es lo maravilloso de la democracia. Dan tristeza aquel dirigente que se queja porque “son muchos”. Dan tristeza los que reivindican el control partidario para cercenar nuevas opciones. Para el ciudadano de a pié, aquel que no vive de la estructura político-partidaria del país, debe alegrarse tremendamente de tener tantas y tan variadas opciones. En todos los partidos hay garrapatas, esos que se prenden fuerte para seguir drenando hacia sus intereses; hinchándose de una presunta representatividad que en realidad lograron por estar prendidos de un candidato de mayor convocatoria.

Seguramente que todos hemos escuchado a algún político, de diversos partidos, que niegan la existencia de una “clase política”, pero eso es una forma de defender el status quo que los beneficia y del cual logran mantener su nivel de vida y hasta la estructura que los transforma en figuras públicas. La clase política existe, pues la propia definición de “clase” los identifica con claridad. “Clase” es definido como “grupo de elementos de un conjunto que tiene características comunes”; también se define como “grupo de personas que dentro de la sociedad tiene condiciones comunes de vida o de trabajo, e intereses y medios económicos iguales o parecidos”. También se consolida si se observan los “privilegios” que esa “clase” otorga a sus miembros. Para los ciudadanos comunes y corrientes es muy sencillo reconocer la “clase política”, para los políticos, es difícil rechazarlo, sobre todo si ya han logrado incrustarse dentro de sus ambientes  institucionales, desde los espacios ejecutivos a los legislativos. Ahora, en campaña electoral es cuando toda esa clase se moviliza, en todos sus niveles, desde aquellos que ya están incrustados hasta los que sueñan con acomodarse. Es en estos días de campaña donde vemos trabajar verdaderamente a la “clase política” y los vemos movilizar a sus huestes.

En estas Elecciones Internas, por ser “no obligatorias”, ya no alcanza con esperar que los votos decanten en las urnas, sino que deben buscar mil estrategias para que los ciudadanos se a cerquen a una urna y depositen su balota. Cuanto más elevado y consolidado sea el sitial de un dirigente, más cauteloso será en sus dichos y gestos; más condescendiente se mostrará con todos y con todos. A medida que descendemos en esa alcurnia política, más liberados los veremos, más naturales los percibiremos, también más coloquiales y espontáneos los sentiremos. Hay que estar atentos, pues la necesidad de conquistar votos, los puede llevar a decir y prometer cualquier cosa, lo que sea. Tratarán de convencernos que si bien la normativa marca que no es obligatoria ir a votar, no enrostran que la obligatoriedad es moral y apearán a la responsabilidad democrática de poner el voto. Mentira. Porque también es una opción no votar, y en este caso en particular de las Elecciones Internas, tenemos la posibilidad de decir no voy a votar. En el resto del proceso electoral que el país tiene por delante en octubre, eventualmente noviembre y en mayo del año próximo, el voto es obligatorio, pero aún así tenemos la posibilidad de no definirnos por ningún partido. Eso sigue siendo un derecho que nos brinda la democracia.

Uruguay es un país de alto sentido democrático entre sus pobladores. Hay una diferencia enrome en tener un  alto concepto de la democracia a tener que definirnos por una u otra opción política. NO es menor tener en cuenta  que cada vez menos gente vota en este formato de Elecciones Internas; los números indican que la gran mayoría de la población no participa. Esa gran mayoría representan el 60% de los ciudadanos, que no concurren a votar en als Internas.  Aunque no se trata de un cálculo lineal, tomemos como ejemplo el departamento de San José. En 2014 fueron apenas 30.000 personas a votar y muy probablemente esa cifra se mantenga en esta oportunidad. En estas elecciones hay unas 120 listas registradas en el departamento, a menos la mitad de ellas están construidas con referentes ajenos al departamento que se postulan para la Convención Nacional. Así que solo tomaremos aquellas listas a la Convención Departamental, es decir aproximadamente unas 60 hojas de votación. En promedio cada una de esas listas tiene 500 nombres ( algunas tienen 1.000 y otras tienen 200, por ejemplo) Resulta gracioso darse cuenta que unas 60 listas con 500 nombres del departamento, arrojan un total de 30.000 personas, es decir más o menos la misma cantidad de votantes. Es decir que en las Elecciones Internas votan solamente aquellas personas que figuran en alguna hoja de votación. Si se razona así, resulta más que obvio la notoria falta de motivación a nivel general para ir a votar. Solo votan los que están verdaderamente comprometidos por un partido o sector.

La gran parte de la población no siente compromiso con ningún partido y menos aún con algunos de sus candidatos. La democracia es de la gente, no de los partidos y mucho menos de sus dirigentes. La verdadera democracia, la del vecino común y corriente, está enviando una grosero mensaje a la clase política y sus acólitos. Algo debe cambiar para que la “democracia de partidos” logre un mayor compromiso de la ciudadanía. Algo debe cambiar y lo primero que aparece es la actitud de los propios dirigentes de todos los partidos. Deben proyectar mayor credibilidad, mayor confianza; deben demostrar que son capaces de buscar acuerdos para bajar sus beneficios y privilegios; de cortar sinceramente con los acomodos y el clientelismo. La “clase política” ya agotó la paciencia de la gran mayoría de la población; quizá un forma de recuperar credibilidad sea vota por transparencia en la financiación de los partidos políticos y dejarse de inventar excusas o dilatorias; quizá también sea tiempo de eliminar la inamovilidad de los funcionarios públicos sin temor a perder militantes que ellos mismos metieron a dedo; quizá sea tiempo que la actividad política sea tajantemente regida por a ética dando poder sancionatoria a instituciones como la Junta de Transparencia y Ética Pública o el mismísimo Tribunal de Cuentas.

Es muy probable que si la “clase  política” da señales contundentes a la población sobre aspectos que les afectan directamente, empiece a recuperar algo de la confianza ciudadana que han perdido y siguen perdiendo. Sería buenísimo que esa “clase política”, empiece por casa y por ejemplo en el terreno legislativo deje de abusar de los pases en comisión a los despachos de los senadores y diputados. Hay muchísimas señales que la “clase política” podría lanzar a la sociedad, para después zambullirse en temas tales como educación, seguridad, salud, trabajo… Primero que den muestras de compromiso, responsabilidad y seriedad con toda la sociedad, con toda la democracia y no solamente cuando les conviene. 

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