Intendente Falero y el ocaso de su gran mentira: “El inexorable derrotero de la corrupción”

Por Pablo Fernández Acheriteguy

En mayo del año pasado, hace un año y medio, observando la evolución falerista en sus desvíos nos permitió publicar un  artículo donde se describían los procesos de abuso, corrupción , mentiras y prepotencia que cumplen aquellos estamentos gubernamentales en cualquier parte del mundo cuando confunden roles y potestades. La corrupción no son solamente aquellos actos que determinan delitos, sino también gestos y hasta omisiones  que corrompen las estructuras e instituciones, los abusos de poder, así como también el uso antojadizo de las potestades que otorga un determinado cargo.

Aquella nota publicada en mayo de 2018, a la luz de los últimos exabruptos del Intendente Falero, parecen premonitorios, pero en realidad solo se trata de la descripción del “inexorable derrotero de la corrupción”.

Aquella nota decía  así.

El inescrupuloso cree que todo el mundo es igual. Así, su conciencia se engaña para justificar todas las chanchadas que va haciendo. Es la carrera de creerse más vivo que los demás. Es la estúpida forma de respirar que tienen cada día al despertar y cada noche cuando pretenden dormir. Ilusos. Siempre he sostenido que “la peor clase de bobo, es aquel que se cree vivo”. Contra la falta de escrúpulos o la corrupción en todas sus formas, solo la Justicia es la solución, no hay otra salida sólida. Contra la estupidez, se debe imponer la razón, la paciencia y la tolerancia.

La corrupción comienza con un simple gesto y se expande. Si esa acción corrupta pasa inadvertida, se profundiza, se multiplica. Si esa esa peste están en ámbitos de poder, es común que se confunda con la impunidad. Poder y corrupción, se entrelazan en un mezcla tóxica, que acelera su desarrollo. Embriagados en el poder, terminan haciendo de la corrupción su forma de operar, de administrar, de gestionar. Cuánto más se prolongue en el tiempo la corrupción, más necesario será captar nuevos “cómplices” para sostener esa estructura de defraudación pública, de estafa. Funciona como una droga. Se vuelven adictos a ese presunto “poder” que les permite ejecutar actos para enriquecerse o simplemente llevarse al bolsillo beneficios que no corresponden. Así como un adicto empieza a disociarse de la realidad y entra en un proceso agudo de mentiras, los corruptos terminan creyendo que su poder es ilimitado, y que la impunidad será eterna. Cuánto más se profundice esa locura, más frecuentes y grandes serán cada una de las mentiras.

La situación empieza a explotar cuando ya ni mintiendo se puede justificar el despilfarro, la desprolijidad y las irregularidades. En ese punto, el corrupto, necesita cambiar su estrategia. Se ve obligado a defenderse. Primero se defenderá alegando que es víctima de ataques malintencionados y ordenará que sus “cómplices” repitan esa excusa. Lentamente, se irá volviendo más belicoso, más enojadizo, más virulento, mientras va quedando encerrado en su propio cerco de mentiras para disimular su corrupción. Pretenderá mostrar su poder, tanto para disciplinar su entorno, como para advertir a “los de afuera”. Ya en ese grado va descubriendo íntimamente su fragilidad y más se empeñará en demostrar lo contrario. Las mentiras ya no surten efecto, pues su palabra sufre de aguda falta de credibilidad.

Asustado y nervioso, evaluará poner la justicia de su lado, amenazando con demandas. Poco demorará en darse cuenta que demandar a un crítico, podría ser un boomerang y podrían descubrirse sus actos de corrupción. Por esa precaria situación, se afianzará en un peligroso desequilibrio. Fingiendo una cara sonriente, dirá públicamente que las críticas son solo reflejos de la envidia a su “buen trabajo”, pero en privado comenzará a operar para desacreditar al denunciante, y silenciarlo. Ya en este punto sin retorno, cualquier estrategia vale. Como un gato nervioso, observará frenético su entorno, mientras sus patas convulsionan tratando de tapar la caca. Al mismo tiempo, comenzará a evaluar escapatorias y no dudará en pergeñar el sacrificio de algún cómplice. Como ratas en un barco que se hunde, se agolparán al pequeño orificio de escape y ahí se desata el descontrol final. Perdiendo el poder, se tiran al agua con los bolsillos llenos de monedas robadas. Así se hunden por su propia ambición, por el peso de la corrupción que desplegaron…

Abraham Lincoln dijo una vez: “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo.». Es decir que ante las mentiras del corrupto, el tiempo es garantía de todo, principalmente de la verdad.

La administración de José Luis Falero ha reunido todos los ingredientes para ser clasificada dentro de este “Derrotero de Corrupción”. Desde la sumamente deficiente gestión en todas las áreas hasta el encaprichado discurso de repetir que “todo está bien” cuando la realidad muestra todo lo contrario. Descontrol en obras y en servicios, despilfarro en gastos, discrecionalidad en beneficios a los funcionarios acomodados más cercanos políticamente, respuestas infantiles a cuestionamientos serios, ataques a la prensa y periodistas. Ya estamos en la última fase del derrotero, las bravuconadas. Pero, ya son años de bravuconadas faleristas, de atropellos institucionales y de una catastrófica incapacidad para gestionar. Falero ha tenido en sus manos unos 600 millones de dólares, pero ha dejado un departamento devastado, con muy poquitas obras y de muy mala calidad; con un flota municipal destruida y con alquileres de máquinas y vehículos con engordan el ya cónico déficit millonario que se acumula. Deja la Intendencia sin un paseo en caja y con una millonaria deuda que pagarán los futuros intendentes. Por si todo eso fuera poco, deja contratos con privados de muy dudosa efectividad y muchos funcionarios metidos a dedo, que sueñan con mantener sus privilegios de “públicos”. Como era previsible el Intendente Falero está en el ocaso de su gestión en San José, y está llegando de la peor manera: en soledad, continuamente ofuscado, con un discurso fláccido y mostrando su faceta de soberbia prepotente. Ahora, podrá ir a pasear toda su sapiencia de gestor público a los corredores de la OPP. Ojalá allí aprenda de humildad, trabajo y seriedad. Buen viaje. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *