Reflexionar entre “ el inexorable derrotero de la corrupción” y la “credibilidad del mensajero”

Por Pablo Fernández Acheriteguy

El inescrupuloso cree que todo el mundo es igual. Así, su conciencia se engaña para justificar todas las chanchadas que va haciendo. Es la carrera de creerse más vivo que los demás. Es la estúpida forma de respirar que tienen cada día al despertar y cada noche cuando pretenden dormir. Ilusos. Siempre he sostenido que “la peor clase de bobo, es aquel que se cree vivo”. Contra la falta de escrúpulos o la corrupción en todas sus formas, solo la Justicia es la solución, no hay otra salida sólida. Contra la estupidez, se debe imponer la razón, la paciencia y la tolerancia.

La corrupción comienza con un simple gesto y se expande. Si esa acción corrupta pasa inadvertida, se profundiza, se multiplica. Si esa esa peste están en ámbitos de poder, es común que se confunda con la impunidad. Poder y corrupción, se entrelazan en un mezcla tóxica, que acelera su desarrollo. Embriagados en el poder, terminan haciendo de la corrupción su forma de operar, de administrar, de gestionar. Cuánto más se prolongue en el tiempo la corrupción, más necesario será captar nuevos “cómplices” para sostener esa estructura de defraudación pública, de estafa. Funciona como una droga. Se vuelven adictos a ese presunto “poder” que les permite ejecutar actos para enriquecerse o simplemente llevarse al bolsillo beneficios que no corresponden. Así como un adicto empieza a disociarse de la realidad y entra en un proceso agudo de mentiras, los corruptos terminan creyendo que su poder es ilimitado, y que la impunidad será eterna. Cuánto más se profundice esa locura, más frecuentes y grandes serán cada una de las mentiras.

La situación empieza a explotar cuando ya ni mintiendo se puede justificar el despilfarro, la desprolijidad y las irregularidades. En ese punto, el corrupto, necesita cambiar su estrategia. Se ve obligado a defenderse. Primero se defenderá alegando que es víctima de ataques malintencionados y ordenará que sus “cómplices” repitan esa excusa. Lentamente, se irá volviendo más belicoso, más enojadizo, más virulento, mientras va quedando encerrado en su propio cerco de mentiras para disimular su corrupción. Pretenderá mostrar su poder, tanto para disciplinar su entorno, como para advertir a “los de afuera”. Ya en ese grado va descubriendo íntimamente su fragilidad y más se empeñará en demostrar lo contrario. Las mentiras ya no surten efecto, pues su palabra sufre de aguda falta de credibilidad.

Asustado y nervioso, evaluará poner la justicia de su lado, amenazando con demandas. Poco demorará en darse cuenta que demandar a un crítico, podría ser un boomerang y podrían descubrirse sus actos de corrupción. Por esa precaria situación, se afianzará en un peligroso desequilibrio. Fingiendo una cara sonriente, dirá públicamente que las críticas son solo reflejos de la envidia a su “buen trabajo”, pero en privado comenzará a operar para desacreditar al denunciante, y silenciarlo. Ya en este punto sin retorno, cualquier estrategia vale. Como un gato nervioso, observará frenético su entorno, mientras sus patas convulsionan tratando de tapar la caca. Al mismo tiempo, comenzará a evaluar escapatorias y no dudará en pergeñar el sacrificio de algún cómplice. Como ratas en un barco que se hunde, se agolparán al pequeño orificio de escape y ahí se desata el descontrol final. Perdiendo el poder, se tiran al agua con los bolsillos llenos de monedas robadas. Así se hunden por su propia ambición, por el peso de la corrupción que desplegaron…

Abraham Lincoln dijo una vez: “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo.». Es decir que ante las mentiras del corrupto, el tiempo es garantía de todo, principalmente de la verdad. A buen entendedor…

Nota: Este artículo fue publicado por Pablo Fernández Acheriteguy  hace 15 meses (8 mayo, 2018) en la web sj.uy. Por la vigencia que mantiene se vuelve a publicar, esta vez en Visión Ciudadana.

La credibilidad del mensajero

Los trabajadores de los medios de comunicación, especialmente aquellos que somos generadores de contenidos, también somos humanos, también podemos ser ciudadanos. Esta profesión ingrata, como tantas otras, tiene una característica especial que debe ser considerada con atención. Ese ingrediente primario y básico es la credibilidad. Cualquier otra profesión cuenta con el irrebatible argumento de la comprobación. Un médico puede cometer un error y “taparlo con tierra”, un arquitecto puede causar muchas muertes en una serie de ladrillos mal estructurados… perfectamente pueden ser considerados “errores” y seguramente el futuro le regalará a uno y otro, nuevos “pacientes-clientes” para salvar el trago amargo de aquel “error”.

La credibilidad no es un ingrediente de alta consideración para un médico o un arquitecto. Es raro escuchar hablar de la “credibilidad” de estos profesionales para evaluar su labor. Pero tampoco ocurre en otras profesiones… como un albañil o un zapatero, ni siquiera para un asistente social o un psicólogo. Ni en un panadero o salvavidas. La “credibilidad” no es un valor constitutivo en juego. En el periodismo si; si un periodista ve lesionada su credibilidad, la raíz honestamente vocacional, estará desahuciada. Terminará confinado a listado de la quiniela o al horóscopo. En el “mejor” de los casos – o peor, depende de la solidez ética de cada periodista – puede aspirar a tener su propio medio para cosechar el apoyo de lectores “bien despiertos” o para seguir engatusando a sus obsecuentes seguidores.

La “credibilidad” no es un valor de generación espontánea en su conquista o construcción, lleva años; sin embargo mancharla, ponerla en duda, o destrozarla, puede demandar un par de segundos. Tenemos que ser ácidos defensores de las críticas por más duras que sean y sin importar a quien golpeen, aún cuando nos toque, por que después de todo, estamos tan expuestos como cualquiera. No es nada nuevo bajo el sol, mandar al cadalso al portador de la mala noticia. Nadie quiere ser mensajero de “malas nuevas”, pero en nuestra profesión, “querer” no es una palabra que defina nuestra agenda de cada día. Por eso es lógico, que seamos permanentemente blanco de criticas, claro… algunas sin sustento, descabelladas, frenéticas, tontas, convenientes, oportunas, etc etc etc.

Desde nuestra “credibilidad”, con una simple noticia podemos hacer caer décadas de discursos mentirosos o demágogicos; podemos dejar al descubierto la corrupción o el error. A nadie le gusta que le griten “te equivocaste”, y es lógico esperar que a nosotros tampoco. Pero hay que estar preparado para recibir. En nuestra profesión el contundente “Talón de Aquiles” es la “credibilidad”, por eso debemos robustecerla, fortalecerla, ejercitarla… y contagiarla entre colegas de “buena voluntad”. Por contrapartida y en la misma línea de buscar el fortalecimiento de nuestras bases de credibilidad, debemos ser tan cáusticos con un político demagogo, como con un periodista deshonesto. ¿cuántas veces hemos tenido conocimiento de actitudes reprobables en el ambiente de los medios? Cuántos casos conocemos de colegas que flechan la cancha descaradamente?… ¿cuántos conocemos que aplaudieron el vergonzante sermón presidencial de la prensa opositora?.. ¿cuántos colegas conocemos que se regodearon con esa desubicada actitud, sin darse cuenta que lo mismo han hecho históricamente los dictadores momentos antes de mandar a cerrar un diario con una dosis de capucha para sus trabajadores?.. La credibilidad amigos, es un muy valioso capital personal, pero también un mágico tesoro de esta profesión… debemos revalorizar la palabra “credibilidad” por todos los periodistas que de alma estamos en esto, pero fundamentalmente por todos, por nuestros gobernantes y sus gobernados… la mejor forma de fortalecer la credibilidad de nuestra labor, es primero que nada mirar hacia adentro y sacarle la careta a los “traficantes de influencias”, a “mercaderes de la palabra”, o políticos disfrazados de periodistas… después, después seguir trabajando con firmeza ética, como cada día, buscando la noticia e informando sin chicanas, ni contemplaciones. La robustez de la credibilidad se sustenta en la eterna tarea de dignificar nuestra labor.

Nota: Este artículo fue publicado por Pablo Fernández Acheriteguy  hace  9 años ( abril, 2010) en el blog “Tarde o Temprano”. Por la vigencia que mantiene en líneas generales, se vuelve a publicar, esta vez en Visión Ciudadana

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